flâneur: el paseante callejero

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Soy un artista del vagabundeo por la ciudad. Un flâneur con espíritu romántico en pleno siglo XXI. El Gran Diccionario Universal Larousse del siglo XIX lo describía con ambivalencia, como inquieto y holgazán a partes iguales, y presentaba una taxonomía de los flâneurs según frecuentaran los bulevares, los parques, las galerías o los cafés.

Como diría el poeta maldito Charles Baudelaire: “La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito”.

Soy el observador de las multitudes, de las esquinas, de los gestos y de las desapariciones.

Soy al mismo tiempo el paseante solitario de Susan Sontag que explora, que acecha, que cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre la ciudad como un paisaje de extremos voluptuosos.

Pero también soy el flâneur de Walter Benjamin que experimenta mientras pasea la opresión de la acelerada modernidad que devora los lugares y memorias.

En suma pierdo el tiempo paseando por mi ciudad (la que sea), sin rumbo, en solitud multitudinaria. Respiro polución, camino sobre el asfalto, cada tanto me detengo en algún café y en mis deambulaciones siempre llevo algún libro en la bolsa que nunca leo pero cuyo tacto me brinda seguridad. Es que soy un anacrónico flâneur.